10 | Octubre | 2026 – Ps. María Eugenia Gasparý

Érase una vez dos almas que se encontraron en un lugar secreto cuando sus vidas corrían por senderos diferentes. Solo a veces logramos entender que no entendemos, y que la vida nos sostiene a pesar de estar impregnada de misterio. Son momentos atesorados para siempre donde la vida nos guiña el ojo y conspira a favor nuestro. Y lo buscado parece ser encontrado y lo esperado parece ser concedido. Me pregunto si se tratará de navegar incansablemente entre la felicidad de los buenos momentos y la tristeza que nos dejan las heridas, como las tres de Miguel Hernández, la vida, el amor, y la muerte. Algo significativo y eterno se inscribe cuando se produce un encuentro entre dos que llegan heridos de amor y sedientos de verdad, se multiplican las chances de transformar sus vulnerabilidades en recursos.

Acompañar espiritualmente en el contexto de los Cuidados Paliativos nos recompensa gratamente.

La práctica de acompañar el sufrimiento se teje como una trama que soporta al mismo tiempo la palabra que da voz y el silencio que sostiene. La proximidad y la distancia se vuelven herramientas en el arte de estar presente para el otro. Estar al lado de una persona que atraviesa la experiencia del mal-estar y colaborar en que se conozca y se vincule de mejor manera consigo misma, resulta gratificante.

La recompensa es enorme. Los aprendizajes son de una riqueza que conmueven para quien esté dispuesto a tomar el riesgo de dejarse afectar. Me refiero el dejarnos impactar consciente y deliberadamente por lo inevitable, ir al encuentro de ello, al elegir participar de escenarios subjetivos donde buscamos aliviar el sufrimiento evitable y estar presentes para acompañar el inevitable. La cosecha es generosa. Nos vivimos en estado de gratitud cuando la alquimia de un abrazo nos envuelve, cuando una sonrisa nos da permiso, cuando un silencio nos invita a una pausa.

Una mañana de trabajo en el consultorio nos sorprendimos con Cristina cuando escuchamos la maravillosa producción que su inconsciente nos arrojó desde el diván: “arruinados por el amor…” La frase nos resonó a ambas. Acordamos que algún día yo escribiría algo al respecto y ella le imprimiría color con su arte… y así quedó plasmado. ¿Es disonante “arruinados” cuando hablamos de los efectos de dejarnos afectar por el amor? La prueba de que no lo es son las inevitables marcas que la vida nos imprime desde que nacemos hasta que devolvemos el cuerpo.

¿Será que una y otra vez nos olvidamos de que aprendemos mientras caminamos? ¿Será que nos montamos a ideales de vidas sin lastimaduras ni dolores y al frustrarnos por no alcanzarlos concluimos que la vida se nos pone en contra?

¿Qué nos mantiene íntegros en situaciones donde el dolor se descontrola y el sufrimiento nos encierra?

La manera en que habitamos la escena clínica hace la diferencia. Podemos sentir paz al facilitar atravesar situaciones dolorosas cuando logramos permanecer permeables y ecuánimes, incluso en escenarios complejos. Se trata de la capacidad de estar disponibles y vincularnos con lo que sucede compasivamente pero anclados a lo que nos mantiene serenos para evitar potenciar el drama. Corazón suave y espalda fuerte. Enraizados en nuestra propia vulnerabilidad y sabiéndonos limitados, aunque no como falla sino como condición humana.

Dado que el trabajo sobre la aceptación de la realidad es bidireccional, debemos cuidar con cuidado y repartirlo entre acompañado y acompañante. Nos amarra la honestidad y nos compete la responsabilidad de cuestionarnos desde qué lugar hacemos lo que hacemos, para qué lo hacemos, y cómo lo hacemos.

Nuestra presencia como herramienta (sanadora) es clave. Ya que genera la apertura a un espacio que permite sentir confianza en lugar de miedo, incluso en momentos de amenaza y derrumbe. Cuando la apuesta cae del lado de la confianza, pese a no conocer cómo ni cuándo, el juego se abre para el lado del amor.

En el callejón de la incertidumbre, el deseo ilumina y dinamiza.

Aceptar lo que es tal como se nos presenta es una experiencia transformadora. No obstante, muchas veces no es sencillo asumir lo que acontece. En parte, por el engaño que propone la dimensión cultural cuando nos empuja a la encrucijada de la hiper productividad donde deberíamos poder resolverlo todo, propia de la época, y que nos sofoca si nos encuentra distraídos. En parte, por la tendencia a la negación a la que nos expone la dimensión subjetiva para tolerar vivir. Y principalmente, cuando lo que debemos reconocer de la
realidad nos duele profundamente.

Lo que nos mantiene ligados a la vida es el deseo. Funciona como anclaje cuando nos sacuden las turbulencias, como refugio cuando necesitamos solaz, como guardián de la incertidumbre, y como garante del amor en tanto apela a un por-venir capaz de ser aceptado e integrado. Trabajar sobre el deseo implica rescatar la identidad y facilitar la expresión de preferencias y necesidades. Es una práctica artesanal, a medida, sobre la singularidad.

Sin embargo, en ocasiones el sujeto deseante queda devastado. La apuesta que nos convoca al acompañar personas que atraviesan enfermedades crónicas y a aquellas que se encuentran en fin de vida, es relanzar la conexión con el deseo como motor y recurso. Es decir, alojar la realidad que toca vivir, reeditar la biografía, y paliar el sufrimiento en el marco de la sensatez y de la oportunidad que implica reconocer los límites.

Cristina piensa nuestro espacio como un lugar donde viene haciendo un “trabajo de hormiga”, transitándolo encuentro tras encuentro, año tras año, construyéndose y construyendo a su alrededor, con los suyos. Con una cadencia sostenida donde se demuele y se edifica incansablemente. Ésta no es una labor que cansa, sino que convoca por los efectos amables que produce.

El deseo tiene su compañera, la confianza, que también se cultiva. Cuando logramos amar no estamos preocupados por el sentido de nuestra vida. En cambio, cuando no amamos, sentimos miedo y necesitamos calibrarnos con frecuencia y repreguntarnos qué vinimos a hacer y hacia dónde vamos. Cuando confiamos sentimos que algo -sin un único nombre- nos sostiene pese a todo. La confianza en el Amor nos permite aceptar la vida sin desistir

"Se avanza en el camino de la libertad si aceptamos que hay cosas que no podemos cambiar, si tenemos el coraje de cambiar lo que sí se puede cambiar, y la sabiduría de identificar la diferencia.”

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